Cómo organizamos el aprendizaje en casa alrededor del horario del cole
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Cuando la gente se entera de que escribo sobre educar en casa, lo primero que suele preguntarme es: «Ah, ¿entonces tus hijas no van al colegio?»
Pues sí van. La mayor sale cada mañana entre semana con la mochila dando botes y el almuerzo en una latita. Y cuando vuelve a casa por la tarde, cansada y llena de historias, a veces me sorprendo preguntándome cómo demonios se supone que alguien mete «aprender en casa» en unos días que ya parecen a reventar.
Entre ir y volver del cole, los animales, el huerto, la cocina, la montaña de ropa que no parece bajar nunca, una niña de dos años que tiene opinión sobre todo y una bebé a la que le están saliendo las muelas y ha decidido que dormir es opcional, hay semanas en las que parece que no cabe absolutamente nada más.
Y aun así, aprender en casa me importa muchísimo. Así que durante el último año, a base de mucho probar y de equivocarme todavía más, he descubierto cómo encajarlo alrededor del cole sin añadir presión. No perfectamente, no todos los días, pero casi siempre. Esta entrada va del «cómo»: encontrar el tiempo, trabajar con el cole en vez de en su contra y qué hacer cuando todo el mundo está demasiado cansado. (Si quieres ver nuestro ritmo diario y semanal completo, lo cuento en cómo es aprender en casa en nuestra granja.)
Por qué nos molestamos si nuestras hijas ya van al cole
En España la educación en casa no está reconocida legalmente, y a nuestra mayor le encanta el cole de todas formas. Pero creo firmemente que nosotros, como padres, somos responsables de la educación de nuestras hijas, no el gobierno, no el currículo y no unos maestros que ya hacen lo que pueden con veinticinco niños en un aula. Si hay algo que quiero que aprendan mis niñas, ya sea a cultivar comida, a cocinar, a sentarse en silencio a mirar un pájaro o a enamorarse de los libros, es tarea mía hacerle sitio.
Así que el cole es una parte de su aprendizaje, y casa es la otra. Y la parte de casa no tiene por qué parecerse en nada al cole.
Empieza por lo que ya está ahí
Antes de añadir nada, fíjate en la forma que ya tienen tus días. Seguramente hay más momentos naturales de aprendizaje de los que crees.
El desayuno. El camino al cole, andando o en coche. La merienda al salir. Hacer la cena. El baño. Los cuentos de antes de dormir. Cada uno es una ventanita donde puede pasar el aprendizaje, sin necesitar ni un minuto más al día.
Cuando empecé a mirar nuestros días así, todo cambió. Dejé de pensar «¿cuándo voy a encontrar tiempo para aprender?» y empecé a pensar «¿cómo podemos aprender en el tiempo que ya tenemos?».
Las ventanas de aprendizaje en un día de cole
Estas son las ventanas que más usamos y el tipo de cosa que cabe en cada una. Ninguna lleva más de quince minutos.
- Antes del cole: un momento corto y tranquilo juntas, como un poema, un álbum ilustrado o algo de la mesa de la naturaleza. Aunque las mañanas vayan con prisa, diez minutos durante el desayuno ya cuentan.
- El camino al cole: conversar es aprender. Jugamos al veo veo, contamos vacas, buscamos la primera escarcha en los prados y hablamos de qué le apetece hacer ese día.
- Después del cole: una cosa pequeña y con las manos, pero solo después de comer algo y tomar aire (más sobre esto abajo).
- La cena: las ayudantes pequeñas lavan verduras, miden, remueven y ponen la mesa. Son matemáticas, ciencias y habilidades para la vida disfrazadas de hacer la cena.
- La hora de dormir: cuentos, todas y cada una de las noches. Si no hiciéramos nada más en toda la semana, esto solo ya bastaría.
El bajón de después del cole existe
Esta es la parte en la que me equivoqué durante mucho tiempo, y si te quedas con una sola cosa de esta entrada, espero que sea esta.
Cuando la mayor empezó el cole, la recibía en la puerta con una actividad preparada, con ganas de aprovechar nuestra tarde tan valiosa. Y se venía abajo, todas y cada una de las veces. Lágrimas por un pincel. Una rabieta por un papel del color equivocado. Me lo tomé como algo personal durante semanas hasta que entendí lo que pasaba.
Los niños vuelven del cole cansados. Han pasado horas quietos, siguiendo normas, escuchando, compartiendo y aguantando el tipo. Cuando cruzan la puerta, el depósito está vacío, y lo último que necesitan es más estructura, más instrucciones o más rato sentados. Muchos niños guardan las emociones grandes del día y las sueltan en cuanto están en un sitio seguro, lo cual, aunque en el momento no lo parezca, es un cumplido.
Así que ahora el orden de después del cole no cambia nunca:
- Merienda y mimos. Siempre. Primero comida, luego conexión, todo lo demás después.
- Rato fuera. Haga el tiempo que haga. Correr por los prados, saltar en los charcos, visitar a los animales. Nos resetea el sistema nervioso a todas, a mí incluida.
- Una cosa, si hay energía. Solo una, y solo si le apetece. Si no, nos la saltamos, sin culpa.
- Juego libre. El juego sin estructura y dirigido por ella también es aprendizaje, quizá el más importante.
Trabaja con el cole, no en su contra
Una de las mejores cosas que he hecho es simplemente preguntarle a su maestra qué están aprendiendo. No para volver a enseñárselo ni para examinarla en casa, sino para darle vida.
Si en clase están con las hojas de otoño, recogemos hojas de camino a casa y las prensamos en un libro gordo. Si están contando hasta veinte, contamos huevos en el gallinero. Si leen un cuento sobre un erizo, salimos a buscar escondites de erizos debajo de los setos. El cole presenta la idea, y casa le da la oportunidad de tocarla, olerla y mancharse de barro con ella.
Algunas cosas que intento no hacer: repasarle lo que ha aprendido ese día, convertir casa en una segunda aula o preguntarle «¿qué has aprendido hoy?» nada más entrar por la puerta (la respuesta siempre es «nada»). En su lugar, le hago preguntas pequeñas y concretas más tarde, normalmente en el baño, como «¿con quién te has sentado en la comida?» o «¿qué te ha hecho reír hoy?». Las historias salen solas cuando está preparada.
Deberes, lectura y aprender en casa
A la edad de nuestra mayor apenas hay deberes, pero cuando los niños crecen, los deberes y el aprendizaje en casa pueden empezar a competir. Mi regla general es que los deberes van primero, cortos y con calma, y que aprender en casa nunca debe parecer más deberes. Si hay deberes, la «una cosa» de ese día puede ser simplemente leer juntas en el sofá o ayudar con la cena. El aprendizaje en casa está para llenarles, no para agotarles.
Un menú de 15 minutos para después del cole
Los días en que sí hay energía, estas son nuestras ideas de siempre. No hay que planear nada, y casi todas usan lo que ya hay en casa. (Para muchas más, mira aprender jugando en casa.)
- Hornear algo pequeño juntas, como magdalenas o pan plano.
- Dar un paseo de cinco minutos por la naturaleza con una cesta y añadir los tesoros a la mesa de la naturaleza.
- Dibujar en un cuaderno de naturaleza algo que hayas encontrado fuera.
- Plantar unas semillas en una maceta o en el huerto.
- Hacer un experimento rápido de ciencia en la cocina, como bicarbonato con vinagre.
- Clasificar y contar algo: huevos, castañas, botones, hojas.
- Jugar a un juego de mesa o de cartas sencillo.
- Leer juntas un capítulo de un libro más largo.
- Hacer juntas un trabajo de verdad, como dar de comer a las gallinas o poner la mesa. (Hay ideas para cada edad en trabajos de verdad para manos pequeñas.)
- Imprimir una página de un cuaderno de actividades y hacerla juntas en la mesa de la cocina.
Qué hacer los días de cansancio
Algunos días a nadie le queda nada, a mí tampoco. Esos días bajamos el listón hasta el suelo. Encendemos una vela, nos acurrucamos en el sofá y leemos. O ponemos un audiolibro y hacemos un puzle. O simplemente salimos fuera y dejamos que el aire fresco haga el trabajo.
Esos días también cuentan. Aprender en casa no es una racha que haya que mantener viva. Es una cultura familiar que se construye despacio, durante meses y años, y una tarde tranquila nunca la deshace.
Fines de semana y vacaciones
Los fines de semana es cuando pasa buena parte de nuestro mejor aprendizaje, porque hay tiempo para profundizar: proyectos grandes de la granja con Phil, paseos largos, ir a la biblioteca o al mercado, un día de conservas con la cosecha o una tarde entera construyendo una cabaña en el granero. Las vacaciones del cole igual. No intentamos llenar cada día, pero muchas veces elegimos un gran proyecto en el que meternos, como cultivar una calabaza, hacer un libro de recetas familiar o aprender todo lo que podamos sobre un animal.
Unos cuantos trucos más
- Prepara un poco con antelación. El domingo por la tarde dedico diez minutos a reunir lo que podamos necesitar en la semana: unos libros, material de manualidades, alguna lámina imprimible. Un horario magnético en la nevera también ayuda a que los peques vean lo que viene.
- Protege el tiempo libre. Los niños necesitan aburrirse a veces. En el aburrimiento vive la imaginación.
- Sigue su curiosidad. Si llega a casa obsesionada con los volcanes, hacemos un volcán de bicarbonato. Lo que se aprende con alegría se queda.
- Sin pantallas, casi siempre. No por culpa, sino porque he notado lo tranquilas y creativas que estamos todas sin ellas.
- Suelta la perfección. Algunas semanas lo único que conseguimos son los cuentos antes de dormir. También cuenta. Todo cuenta.
No tiene por qué ser abrumador
Si estás leyendo esto y te sientes un poco abrumada, quiero decirte una cosa con cariño: yo también he estado ahí. Cuando empecé a pensar en aprender en casa, hice listas, cuadros y planes. Compré libros y material. Y en dos semanas lo había abandonado todo, porque lo había convertido en algo que parecía el cole, y ninguna queríamos más cole.
Lo que nos funciona ahora es muchísimo más sencillo. Unas cuantas ventanitas, mucha comprensión y algunas buenas herramientas. No tiene por qué ser estresante. Con el enfoque adecuado y unos pocos recursos sencillos, aprender en casa puede convertirse en la parte más natural y alegre de la vida en familia. Si quieres una forma tranquila y paso a paso de empezar, mi guía Educar en casa 101 es un buen punto de partida.
Los momentos tranquilos
Ayer, después del cole, la mayor estaba demasiado cansada para nada. Así que nos saltamos nuestra «una cosa» y nos sentamos juntas en los escalones del porche, envueltas en una manta, viendo caer la lluvia sobre los prados. Al rato, señaló un pájaro que saltaba por la hierba.
—¿Cómo se llama ese?
—Creo que es un petirrojo.
—¿Por qué tiene la tripa naranja?
No lo sabía. Así que lo buscamos juntas, y luego estuvimos hablando de petirrojos veinte minutos, y luego dibujó uno, sin que nadie se lo pidiera, y lo pegó en la nevera.
Si a tus peques también les encantan los pájaros, unos prismáticos para niños junto a la puerta de atrás y un comedero de ventana pegado al cristal de la cocina traen a los petirrojos bien cerquita.
Sin plan. Sin ficha. Solo una niña cansada, una tarde de lluvia, un petirrojo y tiempo. Así es aprender en casa para nosotras, casi siempre. No un horario, sino una vida con sitio para el asombro.
Con cariño (y una nevera llena de petirrojos),
Milly x
P.D. ¿Tus hijos también van al cole? ¿Cómo le hacéis sitio a aprender en casa? Me encantaría saber qué le funciona a tu familia en los comentarios.
