El día que compramos dos ovejas en cuatro horas
Algunos días en una granja se despliegan despacio, como la miel cuando resbala de la cuchara, con la niebla levantándose a su ritmo, sin prisa, las gallinas saliendo cuando les parece y sin que pase gran cosa hasta que el agua ha hervido por lo menos dos veces.
Aquel no fue uno de esos días.
Aquel fue el día en que salí de casa a hacer un poco de papeleo tranquilo y volví, antes de la cena, convertida en dueña de dos ovejas a las que no conocía de nada, compradas a un desconocido de internet y traídas por otro desconocido de internet, con veintiséis años entre las dos y, como luego se vería, un vecino nuevo de regalo.
Déjame que te explique.
Lo responsable
Llevábamos en la granja apenas una semana, y la casa seguía siendo un laberinto de cartón que las niñas recorrían como exploradoras, cantándose las rutas unas a otras mientras trepaban por cajas de lámparas y se colaban entre torres de libros. Todas las superficies estaban cubiertas de algo que no pintaba ahí, y yo llevaba días sin ver mi cepillo del pelo.
Pero tenía una lista, y en lo más alto de esa lista, con mi letra más responsable, ponía revisar papeles de la granja.
Si alguna vez has comprado tierra en España, sabrás que el papeleo es su propio tipo de clima. Llega cuando menos te lo esperas, se queda mucho más de lo razonable y tiene la manía de calarte hasta los huesos justo cuando creías haber encontrado refugio. Eso lo aprendimos por las malas en Málaga, así que esta vez estaba decidida a adelantarme. Quería asegurarme de que nuestra licencia de explotación ganadera, el permiso que te deja tener animales legalmente en tu tierra, estaba activa y en regla, y de que no había nada escondido en algún cajón esperando en silencio para ponernos la zancadilla.
Así que un viernes luminoso por la mañana me vestí con ropa de verdad, encontré mi carpeta de documentos y fui en coche al pueblo, a la oficina agraria, sintiéndome, quizá por primera vez desde la mudanza, una adulta muy capaz que lo tenía todo bajo control.
Me gustaría señalar que en ese momento estaba sumamente orgullosa de mí misma.
Trescientos sesenta y tres días
La oficina era fresca y silenciosa y tenía ese olor particular que parecen compartir todas las oficinas públicas del mundo, una mezcla de papel, café y paciencia muy sufrida. Cogí número, esperé ensayando lo que iba a decir en voz baja, y cuando por fin me tocó me senté frente al veterinario que lleva las licencias ganaderas, deslicé mi carpeta por la mesa y le expliqué quiénes éramos y qué habíamos comprado.
Creo que es justo decir que no era un hombre de sonrisa fácil. Escuchó con la cara de quien ha oído todas las versiones posibles de todas las historias posibles y todavía no se ha impresionado con ninguna, y luego tecleó, frunció el ceño, tecleó un poco más y por fin me miró por encima de las gafas.
Hay una norma, me explicó, con una voz tan plana como la mesa que nos separaba. Si una explotación pasa un año entero sin ningún animal registrado, la licencia caduca, y hay que empezar toda la solicitud desde el principio, con todos los formularios, inspecciones y meses de espera que eso supone.
—Vale —le dije—. ¿Y cuánto tiempo lleva la granja sin animales?
Miró la pantalla.
—Trescientos sesenta y tres días.
Hice la cuenta, y luego la volví a hacer más despacio, porque seguro que me había equivocado en algo. No me había equivocado.
—Entonces caduca…
—El domingo.
Era viernes por la mañana.
¿Que vas a hacer qué?
Me expuso mis opciones con toda la calidez de una multa de aparcamiento. O había animales registrados en esa granja antes de que caducara la licencia, o no los había, y si no los había, empezaríamos de cero.
Y entonces, porque soy como soy, me oí decir:
—Muy bien. Encontraré algo. Lo que sea. Esta noche habrá animales allí.
Me miró un buen rato, y vi cómo decidía, con toda claridad y sin ninguna emoción en particular, que había perdido la cabeza.
Pero esto es lo que tiene aquel hombre que no sonreía: me ayudó igual. Me dijo exactamente qué tenía que traerle y exactamente qué tenía que pasar para que los animales contaran, sin endulzar nada ni fingir ni un momento que fuera un plan sensato. Simplemente lo hizo posible, en silencio y con frialdad.
Luego me dijo lo que de verdad importaba: que todo tenía que estar hecho hoy. Si alguna vez has intentado hacer algún trámite oficial en España un fin de semana, ya sabes cómo va eso. La oficina cerraba esa tarde, el fin de semana llegaría como la marea y, cuando alguien volviera a abrir un expediente el lunes por la mañana, nuestra licencia ya no existiría.
Le di las gracias, recogí mi carpeta y salí muy tranquila de la oficina y crucé muy tranquila el aparcamiento. Luego me metí en el coche, cerré la puerta y solté una palabra que no voy a escribir aquí.
Mil Anuncios, mi viejo amigo
Si vives en España, ya conoces Mil Anuncios, ese mercadillo online gloriosamente caótico donde puedes encontrar de todo, desde un carrito de bebé de segunda mano hasta un tractor o un armario con pinta de estar un poco encantado y, lo más importante para mí aquella mañana, animales.
Me quedé en el coche con el motor apagado y los cristales empañándose poco a poco, y fui pasando anuncios como si me fuera la vida en ello, animales demasiado lejos, animales demasiado caros, animales que no estarían disponibles hasta la semana siguiente, hasta que por fin, allí estaban: dos ovejas, no muy lejos, disponibles ese mismo día.
Llamé antes de poder convencerme de no hacerlo y me lancé con mi español más acelerado, que me imagino que sonó algo así como hola, buenos días, quiero sus ovejas, hoy por favor, es una emergencia, la administración, una granja, el domingo. Hubo una pausa al otro lado de la línea, durante la que solo puedo suponer que se preguntaba qué clase de emergencia requiere ovejas. Pero cerramos el precio allí mismo, por teléfono, y así, sin más, ya era dueña de dos ovejas a las que no había visto nunca.
Lo cual era maravilloso, salvo por un pequeño detalle. No tenía absolutamente ninguna forma de llevarlas a casa.
El problema del transporte
No tenemos remolque, ni jaula para ganado, ni nada con más de un par de metros de espacio que no esté ya atiborrado de cajas de la mudanza, y estoy bastante segura de que no se pueden meter dos ovejas en el maletero de un coche familiar. (Lo pensé, un momento. No me enorgullece.)
Así que volví a Mil Anuncios, esta vez buscando a cualquiera, en cualquier sitio, con un remolque y la tarde del viernes libre. Y de alguna manera, como por milagro, lo encontré: un hombre que hacía transporte de animales por la zona, que cogió el teléfono, escuchó con paciencia mi historia cada vez más atropellada y me dijo que podía hacerlo esa misma tarde.
Podría haber llorado de alivio, y puede que llorara un poco.
Cuatro horas
No voy a fingir que hice las comprobaciones necesarias. No pregunté por su salud ni por su carácter, ni por su raza ni por sus preferencias alimentarias, y desde luego no les miré los dientes, que, como te dirá cualquier pastor con experiencia, es como se sabe la edad real de una oveja.
Hice una sola pregunta, solo una: ¿me las puedo llevar hoy?
La respuesta fue que sí. Y así, unas cuatro horas después de haber entrado en aquella oficina agraria como una mujer tranquila y organizada con su carpeta, dos ovejas iban cargadas en el remolque de un desconocido, traqueteando por los caminos hacia nuestra granja. Me miraban entre las tablas con la mirada fría y nada impresionada de dos señoras que han visto pasar a mucha gente por su vida y no esperan gran cosa de nadie.
Me cayeron bien al instante.
«Te han timado»
Llegamos a la granja con la luz de la tarde. El hombre del transporte se había traído a su hijo, un niño de unos nueve años con ojos despiertos y esa ausencia total de filtro que solo un niño de nueve años es capaz de tener, que saltó de la furgoneta, rodeó el remolque, echó una larga mirada pensativa a mis dos ovejas recién compradas y se volvió hacia mí.
—Te han timado —me dijo—. Esas dos son viejísimas.
Me reí, pensando que bromeaba, y miré a su padre esperando que le regañara por maleducado. En lugar de eso, su padre se asomó por el lateral del remolque, estudió a las señoras con ojo experto y asintió despacio.
—Sí —dijo—. Tendrás suerte si esa pasa de esta noche.
Me quedé allí plantada en la entrada, con la luz dorada, agarrando los papeles que se suponía que iban a salvar nuestra licencia, y me di cuenta de que no tenía ni idea de cuántos años tenían mis ovejas.
Resultó que tenían doce y catorce. Para que te hagas una idea, es una edad respetabilísima para una oveja, algo así en términos humanos como «jubilada, lúcida, no consiente tonterías y tiene opiniones muy firmes sobre cómo cocinas». Con el pánico, me había comprado el equivalente lanudo de dos tías abuelas.
Y entonces el hombre del transporte señaló al otro lado de los prados, a una casa un poco más abajo en la carretera, y dijo:
—Esa es la nuestra, ahí.
No era solo un hombre con remolque sacado de internet. Era nuestro nuevo vecino. Y así conocimos a nuestro primer vecino aquí, en la entrada de casa, con dos ovejas ancianas en su remolque mientras su hijo de nueve años me informaba alegremente de que me habían robado, y de verdad que no se me ocurre mejor presentación.
Te presento a las señoras
Por supuesto, se convirtieron en las señoras. Nunca hubo otra opción, porque a dos ovejas con tanta dignidad, tantos años a la espalda y esa forma tan particular de mirarte por encima del hombro no se las puede llamar de otra manera.
Las niñas estaban encantadas. Aquella primera tarde se pusieron en fila junto a la valla, la pequeña en mi cadera, y vieron cómo las señoras exploraban su prado nuevo con el aire lento y solemne de dos viudas aristócratas inspeccionando una casa de vacaciones que sospechan que no está a su altura. Después de un silencio largo y pensativo, la mediana me tiró de la manga.
—Mami —susurró—, ¿son nuestras? ¿Pero nuestras de verdad? ¿Para siempre?
—Sí —le dije—. Son nuestras.
Se lo pensó con muchísima seriedad, luego se volvió hacia la valla y dijo, muy bajito, para que solo la oyeran las ovejas:
—Hola, ahora sois nuestras.
Y aquella primera noche, después de la alegre predicción de nuestro vecino, confieso que me quedé un rato despierta escuchando la oscuridad. Cuando salí a la primera luz con el abrigo por encima del pijama, las dos señoras estaban de pie en el prado, rumiando tan tranquilas, mirándome como si la que hubiera pasado mala noche fuera yo.
Pasó la noche, claro. No tenía ninguna intención de darle esa satisfacción a un niño de nueve años.
Lo que te diría, de amiga a amiga
Te cuento todo esto en parte porque todavía me hace reír, y en parte porque puede que le ahorre a alguna de vosotras su propio viernes de pánico.
Si vas a comprar una finca en España, comprueba cuanto antes el estado de la licencia de explotación ganadera. Pregunta cuánto tiempo hace que no hay animales registrados en la tierra y, como las normas y los plazos pueden cambiar de una comunidad autónoma a otra, pregunta directamente en tu oficina agraria en lugar de fiarte de lo que te diga el vendedor o la inmobiliaria. Nosotros lo descubrimos con dos días de margen, y solo porque se me ocurrió ir precisamente aquel viernes. Una semana más aplazando mi lista de papeles y habríamos tenido que empezar de cero.
Y recuerda que los fines de semana no se tramita nada, así que si algo hay que hacerlo, hay que hacerlo antes del viernes por la tarde.
Ah, y si acabas comprando animales con prisas, aprende de mí y por lo menos pregunta cuántos años tienen. No te hará cambiar de respuesta, pero puede que te ahorre el veredicto de un niño de nueve años en la entrada de tu casa.
Semanas después
Las señoras se han adaptado de maravilla, quizá demasiado, y han dejado perfectamente claro que consideran que toda la granja es suya y el resto de nosotros, como mucho, el servicio. Ya se han escapado una vez, a la viña y en el peor momento posible, pero esa es otra historia. Cada mañana me reciben con la misma expresión, paciente, ligeramente decepcionada y solo un poquito curiosa por lo que les traigo.
No pensaba tener ovejas tan pronto, y desde luego no pensaba que fueran a tener doce y catorce años, y nunca me imaginé que nuestra primera conversación de verdad con un vecino empezaría con un «te han timado». Pero estoy aprendiendo, otra vez, que las mejores cosas de una granja casi nunca llegan como las planeas. A veces aparecen un viernes por la tarde, de la mano de un desconocido de internet, en el remolque de otro desconocido, con veintiséis años entre las dos y ni el más mínimo interés en tus planes.
Y a veces esos desconocidos resultan vivir justo carretera abajo.
Con cariño (y una pequeña reverencia a las señoras y a nuestros vecinos),
Milly x
P.D. ¿Cuál es la compra de animales más impulsiva que has hecho? Cuéntamelo en los comentarios. Necesito saber que no soy la única.
